Hoy contaremos la
historia sobre cómo Henry y Carlight llegaron a descubrir a los
Patos Salvajes sobre la ría negra y blanca, gracias a la pericia en la navegación estelar del
Mago y a los conocimientos mágicos de la Maga.
Este cuento se lo
dedicamos a Ramón, por ser un seguidor motivado (y a Eva, Brunis y
la nenita en camino por ser parte de él y él de ellos); y a Kety,
que pinta de colores el mundo mientras nos sigue, sin saberlo, y
sonríe mirando al cielo.
Besos a todos, sonrisas
iluminadoras y a mirar al cielo.
Ésta no iba a ser una noche de
Contrarios. La preocupación se reflejaba en el rostro de nuestros
Magos: una vez más, saldrían de expedición estelar y viajarían a más de 6000 años luz de distancia...
Durante toda la jornada,
Henry había estado estudiando los mapas celestes y decidiendo cual
sería la mejor ruta a seguir. Trazó líneas, dibujó esquemas,
tachó, volvió a escribir... había que hacerlo bien: sería muy
peligroso dudar una vez estuvieran expuestos. Afortunadamente, era
muy inteligente, ¡y sabía mucho! Pero no podían bajar la guardia,
había mucho en juego.
Mientras Carlight había
revisado una y mil veces los hechizos que podrían necesitar ahí
fuera, si las Brujillas de las Nubes aparecían no sería un
problema, pero si lo hacían las de la Luz había que estar
preparado. Además, tenían otros enemigos: sabían que Ruido podía
presentarse. Si lo hacía, estarían perdidos.
Al atardecer ya estaba
todo dispuesto, pero había que esperar. En esta ocasión la misión
partiría desde su cabaña: no convenía alejarse demasiado cuando
Tiempo corría más deprisa.
Tiempo suele ser enemigo
de muchos humanos con o sin poderes. Bueno, en realidad Tiempo no es
enemigo de nadie, pero la gente lo percibe así. Henry y Carlight,
como los buenos Magos, vivían en un estado de Memento Vivere
(que viene de una lengua muy antigüa, con origen en la península
de Italia, llamada Latín, de la que además viene nuestro propio
idioma). Ésto se puede traducir como un “recuerda vivir” o
“acuérdate de vivir”. Ellos vivían con intensidad el momento y
por eso siempre se llevaban bien con Tiempo. Puede parecer una
tontería sí, pero no os lo creáis. Muchas personitas, elfos y
duendes incluídos, vivien pensando siempre en el futuro o anclados a
unos recuerdos de un pasado que se fué, y Tiempo pasa por ellos sin
que se den cuenta. Con el paso de muchos años, al final de sus
vidas, llega el Memento Mori, que es cuando tienen que
despedirse de La Tierra para viajar al Cosmos y pasar a formar parte
de los astros (¿no es bonito? Y da igual que seas Mago o no ¡todo
el mundo hará ese viaje!). Entonces se dan cuenta de que ¡no han
vivido! Y vosotros diréis ¿cómo no van a vivir si se han hecho
mayores ya? ¡Han pasado toda una vida en La Tierra! Sí, pero estar
vivo no implica vivir amiguitos... Es una lección que conviene
aprender de pequeñito. Si no, generalmente te lo enseña Tiempo,
pero solo si estás atento y con ganas de aprender, como siempre.
Memento Vivere y
Memento Mori son las fuerzas equilibradas que integran el
amuleto Carpe Diem que Henry y Carlight llevan colgado del
cuello. Es simplemente un recordatorio de las fuerzas del mundo que os
vamos contando con estos cuentos. Este amuleto les protege de Olvido,
el peor de los enemigos que acechan a los buenos Magos, intentando
que dejen de vivir el momento y de sacar el máximo a sus días.
Olvido hace que los Magos del Cielo dejen de serlo y caigan en
enemistad con Tiempo, pasando a encontrarse sin tiempo para mirar al
cielo nunca más. Como resultado de esto, los magos pierden sus
poderes y dejan de serlo.
Afortunadamente Henry y
Carlight tenían su amuleto, eran amigos de Tiempo y sabían muy bien
a quien se enfrentaban. Olvido no podía hacerles nada, al menos de
momento...
Pero volvamos a nuestra
historia ¡hay tantas cosas que no sabéis y que quiero contaros que
Tiempo se va a enfadar conmigo si me sigo yendo por las ramas!
Como decíamos, sin
embargo a veces Tiempo iba un poco más rápido, y entonces había
que reajustar los procedimientos para ir al mismo ritmo y poder
seguir viviendo el momento. De ahí que decidieran viajar desde su
cabaña.
El Sol ha se había
retirado del Hemisferio Norte (que es donde viven nuestros Magos) y
la Luna, que estaba hastiada e iba muy baja de ánimos, también se había
retirado de su vista, lo que no implicaba que no estuviera por ahí...
quizá estaba cansada de tanto bailar con las Nubes... a saber, ya
dijimos en nuestra historia anterior que la Luna es misteriosa...
Henry mostró a Carlight
el plano que había trazado partiendo del estudio de los mapas
estelares y de las cartas celestes elaboradas por el Maestro Charles
Messier, instructor de la Escuela de Magia Madrillium, en la que había estudiado Henry (Carlight había estudiado en Cantabrillium, en las montañas de la que son originarias la mayoría de las criaturas mágicas. Pero eso son muchos otros cuentos).
Había que recorrer mucha distancia y sería difícil, pero
lo importante era alcanzar el punto de destino, el Messier 11 (M11),
donde esperaban los Patos Salvajes volando en V, sin desplazarse, sobre una ría negra y blanca.
¡Qué trabajo más bueno había hecho! La misión estaba lista.
Carlight le explicó qué problemas podrían presentarse y cómo los
enfrentarían si se diera el caso. Se pusieron sus pulseras
anti-mosquitos... ¡eh, no os riáis! ¡A los grandes Magos también
les pican los bichos! Y agosto es un mes peligroso... Cogieron los
prismáticos y... ¡a volar mirando al cielo!
De momento mantenía a
las Brujillas de la Luz a raya, no se habían percatado de su
presencia aunque había dos o tres de ellas rondando el lugar.
Carlight, que tenía más control sobre las criaturas mágicas de las montañas, extendió las manos hacia la puerta de la cabaña y convocó
a los Trastolillos, unos duendecillos protectores del hogar,
juguetones y revoltosos que ayudarían a espantar a las Brujillas si
alguna osaba acercarse demasiado. No había terminado de nombrarlos
cuando aparecieron dos cabecillas peludas de miradas vivas, enseñando
unos colmillos retorcidos y graciosos. Eran sus buenos amigos: Trastolillo Pincho
y Trastolillo Bilbo.
Henry sonrió, “ya
nadie nos podrá frenar esta noche”. Todo el mundo sabe que los
Trastolillos defienden su hogar hasta las últimas consecuencias.
¡Habría que estar muy contaminado de ignorancia para enfrentarlos!
Mucha gente está contaminada pero no lo sabe, y se vuelve loca o
necia, pero no lo sabe.
Partieron en busca del Águila que todo lo sabe. Águila era una Constelación portentosa, que ya fue listada por el Mago Ptolomeo en el S.II d.C. con muchos puntos de luz intensos. Había que acercarse lo suficiente como para poder agarrarse a una de sus estrellas, a la más poderosa de todas: Altair.
Llegaron sin dificultad, Altair les esperaba hacía tiempo. Les impulsó con cuanta energía tenía y ¡casi se pasan de largo! Estrellezaron (Estrellezar es cuando llegas a una Estrella) triplemente, es decir, que estrellezaron tres veces hasta la última Estrella del Águila. Saludaron amablemente a la majestuosa ave antes de despedirse, y saltaron al vacío.
Sabían que debían dibujar una sonrisa en el cielo en dirección a la Constelación Scutum (Escudo) para poder llegar a su destino, que se encontraba precisamente en ese mismo lugar. ¡Es muy difícil pintar ahí arriba!, se requieren altas dosis de conocimientos y una pizca de talento. Para dibujar en el cielo Henry lo había aprendido todo de los pinceles de Ytek, la Gran Maestra de Madrillium, de quien se decía que captaba con la mirada las almas de las cosas y se servía de ellas, proyectándolas a través del brazo hasta su mano, y de su mano al pincel. Pintando así aquello de que las cosas carecen, aquello que los humanos y seres mágicos anhelan o precisan. Por eso sus cuadros eran los más deseados, porque daban respuesta a las necesidades de cada alma. ¡Magia pura!
Carlight había aprendido a su vez de Henry, y aunque a los dos se les daba bien, no eran ni con mucho una prolongación del arte de Ytek. ¡No se puede ser experto en todo!
Estaban pintando alegremente cuando el peor de sus temores se confirmó, y Ruído hizo su aparición. Ruido es nada y es todo. Es muchas cosas y ninguna. Ruido te distrae, te marea, te aburre, ¡te lleva a Olvido si te descuidas! A veces Ruido es algo malo, y otras algo bueno, pero siempre hace que te desvíes de tu camino.
En este caso Ruido se sirvió de los Trastolillos. Los engañó fácilmente, ya que son juguetones y traviesos por naturaleza, y les hizo saltar sobre los Magos, quienes sobresaltados, se dejaron caer del cielo y ¡a punto estuvieron de perderse! Por suerte se encontraban pegaditos al Escudo, y los dos le llamaron por su nombre, "¡Scutum!" y El Escudo los protegió devolviéndolos a una estrella para que terminaran de dibujar su sonrisa.
Pasado el susto, Henry señaló a su derecha. Ahí estaban los Patos con su líder (al que llamaron Nómar por su porte) a la cabeza, suspendidos sobre la ría negra y blanca llamada Vía Láctea.
Eran más difíciles de ver que de encontrar. A veces, aunque mires en la dirección correcta, no ves. Unas veces, se necesita creer para ver. Y la mayoría, se necesita saber para ver. Pero Henry y Carlight creían, y además sabían. ¡Qué bonitos eran los Patos salvajes, tan pequeñitos, tan juntos todos. Hacían una buena familia de luz.
(Telescopio S/W Black Daimond 200-1000. Josemi. Publicado en latinquasar.org)
Qué maravilloso viaje, ¡qué bonito volar juntos! Pero menos mal que no les habían acompañado los pequeños duendecillos Dan, Iva y Art... ¡ésta había sido una misión peligrosa!
Regresaron a su cabaña sin dificultades, habían vivido con intensidad cada momento gracias a su amuleto y ya estaban listos para una nueva expedición. Invitaron a cenar a los Trastolillos varios tipos de quesos (porque al igual que los Hobbits, los Magos adoran el queso). sin embargo a Pincho y Bilbo no les gustaban mucho, así que conformaron con un trozo de buen pan recién horneado y se despidieron de ellos.
Antes de una nueva expedición tenían que dormir. ¿A qué aventura les llevarían sus sueños?
De momento, mirad al cielo con los prismáticos, quizá en algún momento los descubran vuestros ojos trazando sonrisas en el cielo.
Continuara...
Y mientras llegan nuevas entradas u otros cuentos, aquí seguimos: los dos mirando al cielo.