domingo, 27 de julio de 2014

Henry & Carlight: Magos y Amigos para Siempre


Este cuento que os vamos a relatar se remonta en el tiempo, sucedió mucho antes de que Henry y Carlight llegaran juntos a ver los patos salvajes. Es ésta la historia de cómo se conocieron nuestros magos.


Era una fría mañana de septiembre. Henry estaba muy nervioso... había sido seleccionado de entre todos los alumnos de su nivel en Madrillium para realizar un curso especial de “magias naturas” a muchos kilómetros de su casa, en la Universidad de Magia más importante de toda la Cordillera Cantábrica: Cantabrillium. 

Solo en las Universidades del norte de España son expertos en estas magias y, como sabemos, resultaba muy improbable acceder al conocimiento de Escuelas de Magia diferentes de la propia (Ver la Universidad de Magia). Por lo tanto, ser admitido para un curso en una de ellas era un grandísimo honor...

Como hemos dicho anteriormente, se accede a una de ellas si se es elegido cuando se termina de estudiar en el instituto. Nunca se puede solicitar plaza si no se ha sido llamado, y además, el decanato te escoge para una única Magia, no pudiendo solicitar otra diferente.

Se mezclaba la incertidumbre del camino que debería realizar solo (pues era precepto fundamental para poder traspasar la puerta circular de Cantabrillium) y el ávido deseo de aprender y descubrir algo sobre las magias naturas.



El camino lo hizo en autobús, salió de la terminal de Avenidad de América a las nueve de la mañana... ¿Cómo? sí, ya sé que no es lo más glamuroso del mundo para un mago, pero ¿qué queréis que os diga? ¿Qué viajó en escoba? Chicos, que esta historia es seria y rigurosa, no un cuento infantil...

En fin, como iba diciendo.. salió de Madrid en autobús dirección a Santander. Allí le esperaban sobre las dos del medio día para acompañarle a San Vicente del Monte, un pequeño pueblo en las montañas desde donde debería de caminar solo unos kilómetros de calzada romana hasta llegar a la gran puerta circular de Cantabrillium.

El trayecto fue emocionante, entabló conversación con personas muy interesantes: un cirujano del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla que había bajado a Madrid al Gregorio Marañón para participar en una intervención importante; una Maga de la escuela de Magias Aquas de Melilla que subía a Santander de vacaciones a ver a su familia; y un muchacho de diecisiete años que estaba estudiando segundo de bachillerato y acababa de ser convocado por la Magia Natura. Subía a Cantabria para informarse del procedimiento y averiguar si podría elegir en qué comunidad matricularse. Henry le aclaró que en principio sí, y le dio todo tipo de explicaciones sobre los procedimientos de acceso y matrícula que debía seguir, eso sí, siempre aclarando que al menos así era cuando él se matriculó hacía cuatro años. La cosas estaban en constante cambio...

El paisaje era maravilloso: se apreciaba un cambio sustancial en el colorido del terreno una vez superada la meseta. La zona norte de Burgos, lindando ya con Cantabria, era una danza de verdes de mil y una tonalidades. Llamaron especialmente la atención de Henry las aldeas que se dibujaban descendiendo por el puerto de El Escudo. Casitas de piedra, tan pronto adustas y severas como cálidas y acogedoras. No costaba imaginar la chimenea en el salón de un hogar ahí abajo, cuando desde el autobús Henry podía rescatar un recuerdo del aroma de la madera prendida en la lumbre...

En Santander le esperaba una persona. Se trataba de una Maga joven de su mismo año de estudios, quien habría de ser la encargada de hacerle el "acompañamiento" durante ese trimestre en el curso de Cantabrillium.
De entrada a Henry le pareció muy simpática, pero a ella él le producía desconfianza, y Henry lo percibió: "En el norte se deben ser algo recelosos".
Su compañera le indicó  que la siguiera. Cruzaron la Plaza de las Estaciones y cogieron un microautobús que en su luna delantera tenía un cartel pequeño escrito a mano en el que rezaba "San Vicente del Monte-Cantabrillium"
Henry esperaba que su nueva amiga le contara cosas durante el camino pero en cambio le pidió "guarda silencio y siente"
"Es rara" pensó Henry, "es rara esta Carlight"

El autobús se detuvo y ya atardecía. El camino había sido una locura: por un lado el paisaje dejó sin aliento a Henry, no tanto por su belleza, que la tenía sin duda, como por las sensaciones que le producía... por eso ella le había dicho "siente". Había algo en el entorno, sin duda era magia... Por otro lado, el camino había dibujado tal volumen de curvas que era imposible no sentir que el estómago se escapaba por la boca... De hecho, a mitad de camino hizo uso de sus conocimientos intentando cambiar el trazo del terreno con su pincel inexistente. Estaba tan cansado que aguantó enderezando tres curvas nada más. Carlight lo vió, le toco en la frente, dijo algo y una brisa de viento entró a iluminar el rostro de Henry. Ya se sentía mucho mejor.

San Vicente del Monte era precioso. ¡Qué lugar tan maravilloso para perderse unos días! Allí dormirían y descansarían, por la mañana Henry debería realizar el camino de la Calzada Romana sólo, así que durante la cena Carlight le dió las indicaciones pertinentes. Recorrería varios kilómetros de calzada con una pendiente importante. En algún momento del recorrido tendría una panorámica espectacular de los Picos de Europa. Entonces habría llegado a Cantabrillium. Debería buscar en la fachada la única piedra con una hoja de roble y apoyar sobre ella su mano. Relajarse y entrar en comunión con el muro y su historia. Entonces sabría cuándo estaba preparado y sería el momento para dirigirse a la gran puerta circular que siempre permanecía abierta pero que casi nadie podía traspasar. La cruzaría, seguiría el sendero hasta la Torre Medieval, y allí le recibiría La Riaño. Su formación en Magias Natura habría comenzado.


Todo resultó como Carlight lo había descrito. El camino fue agotador pero mereció la pena cuando divisió la Universidad Cántabra de Magia. No había visto nada igual nunca. Se trataba en efecto de un gran muro de piedras calizas, aparentemente todas diferentes e irregulares, pero sin embargo encajaban. Decían que era una metáfora de la historia de sus tierras y sus gentes. En el centro del muro estaba la gran puerta circular con una pequeña torre decorativa en lo alto, simulando la Torre Medievan a la que conducia el sendero de la entrada. Se veía perfectamente el camino desde fuera. Flanqueado por chopos como si de la rivera de un río de tratase, parecía no tener fin.

Sobre la gran pared se levantaban detrás los Picos de Europa, sin nieve aún en sus cimas salvo algún nevero. Lo que arrancó una sonrisa a Henry fue ver las letras de Cantabrillium suspendidas sobre los diferentes picos. Le resultaba familiar: en Madrillium las letras flotan en el aire sobre el tejado de la Universidad.

Encontró la piedra con la hoja de roble, entró en comunión con la historia de aquellas piedras y pudo acceder al sendero. Una vez atravesó la gran puerta circular se dió cuenta de que el sendero no era infinito, sino más bien corto hasta la Torre Medieval, que estaba rodeada de muchos otros edificios. Distinguió rápidamente la biblioteca y la residencia de estudiantes, entre otras cosas.

La Riaño le dió la bienvenida y le hizo entrega de su horario de clases. Iba a trabajar mucho, pero también sería una gran oportunidad para aprender. Para su sorpresa, Carlight estaba detrás de él cuando se despidió de la Sabia-Decana. Le enseñó las diferentes dependencias del campus: la Biblioteca, las aulas, los dormitorios, los laboratorios... Iban a compartir muchas clases juntos y muchas aventuras también, aunque aún no lo sabían. De hecho, su primera aventura sucedió aquella misma noche... pero eso es ya otro cuento.

Y así comenzó la amistad entre Henry y Carlight.